Transcripción del post publicado en el blog de Crea Cultura el 13 de noviembre de 20014.

 También se puede leer en su publicación oirignal

En los últimos años de mi trayectoria profesional me he visto implicado numerosas veces en intensos debates sobre la propiedad intelctual, lo que me ha llevado a formarme una opinión y, por supuesto, a colaborar en lo que he podido.

Mi primer recuerdo con el conflicto puedo ubicarlo en la época en la que trabajaba en Baquíacomo director técnico. Baquía organizaba unos encuentros entre fondos de capital de riesgo y startups online llamados Conector (como veis poco se ha inventado desde entonces). En una de las ponencias de ese evento recuerdo que el conferenciante estuvo arremetiendo apasionadamente contra el copyright mientras decía que, lejos de estar muerto, gozaba de una espléndida salud: sólo había que pasear por delante de la SGAE para respirar el olor a dinero. Corría el año 2000.

Ya entonces conversé largo y tendido con compañeros y amigos, y siempre he tenido la sensación de que el debate estaba viciado en varios aspectos. Por un lado en cuanto al terreno de juego, con definiciones confusas, entrelazadas y que apelan a diferentes momentos y partes de la cadena de valor; por otro porque siempre se fuerza el enfrentamiento entre dos potentes fuerzas muy vehementes que dicen defender a otros y que propician, con el fragor del choque, que existan algunos tapados con fuertes intereses en la batalla.

Propiedad intelectual , derecho de copia… un pequeño caos legal

 En España hablamos de propiedad intelectual haciendo referencia al legítimo derecho de autores e intérpretes. Sin embargo, a mi parecer es un término eufemístico que engloba y mezcla intereses muy diversos que abarcan desde la autoría hasta la explotación de imagen. En palabras de la Wikipedia, “Existe además una corriente, especialmente la que proviene del movimiento de software libre, que considera que el término propiedad intelectual es engañoso y reúne bajo un mismo concepto diferentes regímenes jurídicos no equiparables entre sí, como las patentes, el derecho de autor, las marcas y las denominaciones de origen, entre otros”.

El placer de leer un libro
El placer de leer un libro

Creo que es lógico y lícito proteger la creación de cualquier índole para que el creador pueda obtener una compensación suficiente a su labor creativa que, por supuesto, no abarca únicamente el esfuerzo dedicado a una creación concreta, sino a cosas como su formación, su sagacidad, su perseverancia, etc. El truco está en el concepto “compensación suficiente” puesto que son muchas las partes implicadas y la perspectiva de cada uno es diferente propiciando el desencuentro entre los distintos agentes de la industria: creadores, productores, distribuidores, consumidores, etc.

Una forma de hacer obvio el conflicto es contrastarlo con el término anglosajón que habla de derecho de copia (copyright). Creo que el concepto de derecho de copia define mejor el problema original: una obra que es reproducible y para la que tiene que establecerse quién tiene el derecho de reproducción de la misma y quién no.

Otra forma de ejemplarizarlo es plantearse el caso pensando en una pieza de arte única, un cuadro o una escultura por ejemplo. Aquí el conflicto desaparece fácilmente puesto que es una pieza no reproducible (al menos masivamente) y la propiedad intelectual pierde fuerza en el debate. No así la explotación de la imagen, ya sea en el formato de merchandising, reproducción facsímil, etc.

Creo que un buen análisis en profundidad (que no se puede hacer en un único post de un blog) podría fijar la casuística, la cadena de valor de la creación cultural y, atendiendo al actual estado de la tecnología, tratar de establecer escenarios parciales que se puedan debatir con mayores opciones de éxito. Una aproximación holística al problema, como la actual, so sólo no aportará luz jamás, sino que sólo añadirá puntos de fuga y argumentaciones cruzadas de modo sistemático.

Los otros actores de la función

 En esta suerte de batalla, la primera línea de confrontación está establecida entre la industria cultural tradicional y los defensores del copy-left en comunión con lo que podríamos denominar nueva industria cultural (la que ha emergido precisamente gracias a la reproductibilidad de las obras).

Los unos dicen defender los derechos de los creadores, aunque realmente (y lógicamente) su principal interés es defender dos partes concretas de la cadena de valor, las que aportan retorno a la producción y distribución: derecho de copia y derechos de explotación de imagen.

Los otros dicen defender el derecho de las personas al disfrute pleno de la cultura sin barreras, el acceso universal a la cultura. Sin embargo, parece lógico suponer que su principal interés es defender aquellos modelos de negocio basados en la distribución gratuita, la recombinación y la reinterpretación, (aprovechando los grandes espacios de venta y promoción de Internet combinados con unos costes casi nulos en materia prima).

No digo que ambos planteamientos no sean lícitos, pero sí creo que deberían ser un poco más honestos a la hora de establecer las premisas del debate.

Además, estoy convencido de que no están todos los que son. Como decía antes, considero que hay unos grandes tapados en uno y otro lado que no están participando en el debate porque quizá ya les va bien el río revuelto para faenar en él.

Mi intención al hablar de ellos no es tanto señalarles como culpables de nada, sino como elementos relevantes en muchas de las piezas que componen este complejo rompecabezas. Su inclusión podría aportar nuevos matices en el debate y a buen seguro que también soluciones insospechadas.

Seguro que hay otras listas con más, menos o diferentes actores, pero esta es mi lista de ausentes:

Entidades de gestión de derechos de autor, que son obviamente parte interesada porque en el actual escenario de desintermediación que propone Internet tienen mucho que perder. Si, a través de algún mecanismo mágico, el consumidor del contenido pagara directamente los derechos a los propietarios de los mismos en el momento del consumo, perderían toda su razón de ser. Sería un escenario sin necesidad de intermediarios que valen (teóricamente) por los autores y rastreen el mundo buscando infractores. La SGAE es la más conocida y relativamente presente en el debate pero hay más, bastante más.

Álex de la Iglesia con su camiseta de "Pirata". Foto: Nicolás Alcalá (El Cosmonauta)
Álex de la Iglesia con su camiseta de “Pirata”. Foto: Nicolás Alcalá (El Cosmonauta)

Operadores de conexión a Internet que, a pesar de alguna maravillosa perla como la de Alierta en 2010, diciendo que Google debería pagarles por usar su infraestructura, venden sus conexiones en gran medida gracias al contenido. Las operadoras lo saben e implícitamente hacen gala de ello en sus anuncios publicitarios (casi siempre referidos a velocidad, capacidad de descarga o experiencia de consumo de contenido online). Además, hay dos cosas que los convierten en intermediarios ideales: tienen la mano metida en el bolsillo del cliente, al que facturan todos los meses y conocen bien, y conocen exactamente todo lo que viaja a través de sus conexiones.

Fabricantes de informática y electrónica de consumo que ponen en manos de los usuarios todas las herramientas necesarias para que la copia, distribución y reproducción sea posible con niveles de calidad casi profesionales. Ellos aportan grandes avances tecnológicos para facilitar el consumo del contenido y no se trata de que dejen de hacerlo, sino de que en su mano tienen posibilidades tecnológicas que podrían aportar soluciones concretas o importante apoyo a las mismas.

Aun así sigue siendo un problema complejo

No creo que resolviendo las cuestiones que planteo en este post vayamos a quitarle toda la complejidad al problema. Pero estoy sinceramente convencido de que fijar los territorios de conflicto de modo claro y compartido, y sentar a la mesa a todos los actores implicados en cada uno de ellos, puede abrir nuevos caminos para encontrar soluciones.

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