El miércoles pasado, a raíz de la reunión que se iba a mantener en la Academia de Cine alrededor de la anunciada dimisión de Álex de la Iglesia, los compañeros de la sección de cultura de El Mundo, me pidieron que redactara un artículo de opinión. Ya había estado en contacto con ellos tras el encuentro que tuvimos con Álex un pequeño grupo de conocedores de Internet y algunos miembros de la Industria cinematográfica, por lo que les pareció oportuna mi participación.

El artículo se publicó en la edición del jueves 27 de enero de El Mundo y quedó accesible únicamente a través del papel y, para aquellos que disfruten de una suscripción, a través de Orbyt.

El título del artículo era el mismo que el de este post y, para aquellos que pudieran estar interesados pero no tuvieran la ocasión de leerlo en ninguno de estos dos soportes y para quienes, habiéndolo leído, deseen expresar su opinión, lo transcribo aquí.<br/>

 La página, tal y como fue publicada, incluyendo el artículo.

La razón es bien sencilla: porque es capaz de aprender, es Richard Harris en el papel de John Morgan. En su versión particular de Un hombre llamado caballo, Álex se ha convertido en internauta, ha convivido intensamente con nosotros, ha cambiado su nombre por @alexdelaiglesia y, en poco tiempo, ha sido capaz de interiorizar los mecanismos que caracterizan la Red, sus usos, sus abusos, sus limitaciones en unos campos y la total ausencia de ellas en otros. Y ése es un aprendizaje que la industria cultural no puede permitirse el lujo de desperdiciar así, sin más.
Estos últimos días, Álex, como John Morgan, ha sufrido en su pecho el doloroso rito final de la transformación y el dolor ha sido tan intenso como para decidir que se va. Pero quizá deberíamos plantearnos si hay que dejarle ir.

Álex por circunstancias del azar se encontró de bruces con internet en el momento justo, en un momento crítico. Quizá no fue el azar sino cierta inquietud en ese justo instante, pero lo cierto es que quiso saber más de cómo funcionaba todo. Por eso se puso a tuitear con pasión, a diluirse en la Red. Y nació en su cabeza la idea de que podía cambiar las cosas y que para ello sólo necesitaba sentarse con gente que supiera mucho de internet y que le contaran cómo veían ellos el problema. Y lo hizo.

En aquella reunión tuve la fortuna de participar, junto con otros que también llevan la Red en las venas. Pero también acudieron representantes de la industria dispuestos a buscar un camino. Se debatió abiertamente y todos vislumbramos un camino a seguir. Pero los primeros pasos llevaban inevitablemente a cancelar una ley que no era útil y a seguir hablando, pensando y ampliando el debate.

El resto ya se sabe, la principal motivación del encuentro murió a manos de un acuerdo político oportunista que no resuelve nada y que sólo contenta a los que cerraron el acuerdo y a los grandes de la distribución cultural (que no de la cultura, no mezclemos). Se unieron para desperdiciar una magnífica oportunidad de entender bien la política, el empecinamiento del Gobierno a través de su ministra de Cultura y la ocasión de apuntarse un rédito mal entendido por parte de la oposición. Mientras, Álex colgaba del pecho como John Morgan, convertido en una persona nueva, de su tiempo y orientada hacia el futuro.

Internet no se va a detener y todo lo que sea susceptible de ser digitalizado, lo será y fluirá libremente por la Red. La cuestión es si queremos perdernos las oportunidades que este nuevo territorio nos brinda o, por el contrario, innovar en nuestros modelos de negocio para crear nuevos modos de hacer las cosas.

Mantener la Ley y perder a Álex son dos lados del mismo precipicio al que se aboca una industria que no ve en internet una oportunidad de competir en igualdad de condiciones, un territorio virgen que conquistar (con sacrificios y cierto sufrimiento porque no puede ser de otro modo). Otros sectores, otros emprendedores, sí lo vieron y están ahí: Atrápalo, Idealista, Barrabés. ¿Alguien se imagina que una tienda familiar de un pueblo de montaña de 850 habitantes pudiera presionar a las grandes cadenas de distribución estadounidenses sin la ayuda de internet? Yo lo vi, yo estuve allí. Léanlo y aprendan, en la industria cultural también se puede hacer.

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