Spotify y la industria musical
El 12 de diciembre se publicó en El Mundo, edición nacional y Madrid, en papel y Orbyt, un especial de EM2 Cultura centrado en la industria musical y su transformación online. Estaba directamente relacionado con el no muy lejano abandono de alrededor de 200 sellos discográficos indie de Spotify, el paradigma del servicio de música online con tarifa plana.
Para ese especial, mis compañeros de El Mundo, me pidieron un artículo de opinión valorando la situación y el contexto de la industria. Aunque no soy un heavy user de este tipo de plataformas, me animé a publicar el artículo puesto que se trata de un sector que ha iniciado una interesante y dura transformación y que, lejos de estar estabilizado, sigue mutando al albur de nuevas ideas y viejas inercias. Y, para subsanar las lagunas en la baquía del sector conté con la inestimable ayuda de Ángel Barbero, apasionado de la música, experto en Internet y buen amigo.
Esta es la transcripción del artículo tal y como fue publicado, pero con los enlaces que afortunadamente se pueden añadir en la web:
Sumar muchos para beneficiarnos todos
Parece que la industria de la música vuelve a sufrir convulsiones. Spotify, que se ha convertido en una referencia de la nueva era musical, ha estornudado haciendo que todo el mundo se replantee los nuevos dogmas de la economía digital. Es curioso que este servicio on line se haya convertido en tan poco tiempo en el termómetro del renacimiento musical en la Red y que sea visto como el modelo de generación de ingresos que puede garantizar la nueva era.
Sin embargo, Spotify no es más que una de las opciones posibles en un mercado que busca referencias, una opción que todavía no ha demostrado ser ese «gran modelo de referencia», especialmente porque la regeneración que está en juego es mucho más profunda.
Desde mi punto de vista, lo primero que habría que plantearse en el caso Spotify es la viabilidad de los modelos de negocio basados en la suscripción. Pero sin que la industria se haga trampas al solitario, desde la honestidad, y no sin antes revisar las estructuras de su modelo productivo. Hay que quitar mucha paja, mucha intermediación y calcular los costes reales de producción para contrastarlos con una amortización y obtención de beneficios a medio y, sobre todo, a largo plazo. Además, la industria musical puede hacerlo porque, a diferencia de las patentes en otros campos, los derechos de autor tienen una longevidad que ya quisieran para sí sectores como el farmacéutico o la ingeniería aeronáutica.
Pero resulta evidente que el modelo de suscripción no tiene por qué ser el único y, sobre todo, no tiene por qué ser sustitutivo del tradicional modelo de venta, más cercano a iniciativas como iTunes. Aunque, en cualquier modelo, ya sea venta, suscripción, donación o cualquier otro que se nos ocurra, internet seguirá actuando como un potente optimizador del mercado. Los clientes tienen el poder para comparar, desintermediar y compartir, y forzarán a las empresas a ser muy eficientes en ese entorno. Es decir, a ofrecer productos o servicios de la máxima calidad al menor precio y sin intermediarios que no aporten valor. En definitiva, la industria musical, como muchas otras, todavía tiene que remodelar sus estructuras productivas para eliminar todo aquello que no sume en la relación directa con sus clientes y buscar en ese contexto los rendimientos adecuados
Mientras esto no suceda, lo más probable es que los márgenes que se obtengan de los precios necesarios para competir y cumplir las expectativas de los clientes sigan siendo demasiado exiguos. Es improbable que los nuevos modelos sean capaces de soportar estructuras pesadas, concebidas para las anteriores exigencias del entorno.
A pesar de todo, muchos actores del sector, aferrados a rendimientos pasados, pueden pretender obtener ingresos o márgenes equivalentes a los de anteriores modelos, pero quizá no lo consigan. De ahí que el bajo rendimiento sea la explicación que han esgrimido las discográficas que han desertado de Spotify. Auque esto (y las que se puedan sumar) no signifique la inviabilidad del modelo de suscripción.
Hay otro aspecto en el caso concreto de la reciente deserción de Spotify que resulta interesante tener en cuenta. Tal y como ya sucedió en verano con la marcha de una importante discográfica de música heavy, estoy convencido que las discográficas salientes han sufrido en su cuenta de resultados la típica distribución del consumo en internet. En la Red, los productos de nicho (aquellos dirigidos a una minoría muy demandante) funcionan muy bien tal y como enunció en su momento Chris Anderson con su Teoría del Long Tail, sin embargo también es cierto que los productos y servicios más populares en la Red multiplican hasta el exceso la demanda. Por eso, en un entorno generalista con reparto proporcional basado en popularidad, los productos de nicho obtendrán peor resultado, tendiendo a desaparecer aplastados por la arrolladora mayoría de consumo descompensado en el otro extremo. Es decir, el mainstream tiende a engullir todo el tráfico, dejando el consumo de nicho gravemente perjudicado.
El mercado de la música todavía estará convulso bastante tiempo porque el proceso de transformación es radical, profundo y, por supuesto, imparable. Proyectos como Reverbnation, que están acelerando el proceso de difusión de nuevos talentos, o como Verkami, que a través de la financiación popular (crowdfunding) está permitiendo producciones antes imposibles, van a acelerar la transformación de las compañías discográficas y su función tradicional. Además, los grandes actores de la Red, con su tradicional inercia visionaria, están tomando posiciones en la batalla de la música on line: Spotify se alía con Facebook para apostar por el consumo social de la música y tejer una potente red basada en recomendaciones personales y experiencias compartidas; Google Music inicia el asalto con interesantes novedades como la alta disponibilidad de tu música (la adquirida legalmente) y también la experiencia social a través de Google+ y móvil desde Android; y, cómo no, Apple, el propietario de la mayor base de clientes que consumen aplicaciones, canciones y casi cualquier cosa que les llegue a través de iTunes y sus plataformas móviles, iPad, iPod (en todas sus variantes) e iPhone.
Tiempos de renovación en los que el propietario de un hueco en la mente del usuario, y en su bolsillo, tanto por el pago como por los dispositivos que cargamos a diario, tendrá mucho que decir.
Recuperando la perspectiva
Tenía que saldar la deuda que contraje al publicar el post anterior, He perdido a perspectiva; la conclusión de la aventura.
Obviamente, cuando me llegó la factura con el libro 12,36€ más caro y los portes incrementados en 7€, llamé a Marcial Pons. Me atendió una chica muy amable que comprobó, efectivamente, que en el pedido que me enviaron los precios y portes eran diferentes, y, directamente, me dijo que me reembolsarían la diferencia, es decir: 19,36€.
Hasta ahí bien. Se equivocaron y repararon el error; buen servicio.
También me dijo, ante mis protestas por el plazo, que la etiqueta "Disponible", en su web, significaba que el libro no estaba descatalogado, pero no que lo tuvieran en stock. Los libros que estaban en stock aparecían con una etiqueta "Envío en 24/48 horas".
Eso podría ser una opción razonable si yo no hubiera accedido directamente a la ficha del libro que me interesaba a través de Google. Es un típico error que cometemos los que diseñamos webs; pensamos que el usuario navegará desde la home hasta la página de detalle y que verá varias de ellas, aprendiendo las mecánicas. Bien, eso no funciona como así gracias a Google.
Finalmente se me ocurrió echar un vistazo en otras webs y descubrí, con sorpresa, que el precio del libro en todas era el mismo, 37 €, y que prácticamente ninguna tenía el libro en stock. La conclusión, lamentablemente para Marcial Pons es que, en realidad, dieron un buen servicio, pero cometieron dos errores: informar mal sobre el precio y generar una expectativa errónea de servicio. Dos errores fácilmente evitables.
Esos dos errores, que no existirían con un buen diseño de usabilidad y una buena integración entre el ERP y el e-commerce, le ha costado en mi pedido a Marcial Pons casi 20€, algo más de la mitad (54%) del precio de venta del libro en tiendas.
He perdido la perspectiva
La verdad es que María José me lo dice a menudo, pero me resisto a creerlo. Sin embargo, cada cierto tiempo sucede algo que me pone en mi sitio.
Llevo mucho tiempo inmerso en proyectos de Internet, y eso imprime carácter y ha hecho que pierda la perspectiva. Para mí las cosas suceden deprisa y suceden en Internet. Así que, cuando he decidido estudiar de nuevo en la universidad, me he matriculado en la UNED (la UOC no ofrece lo que me apetecía estudiar) y, cuando he tenido que conseguir la bibliografía necesaria, he recurrido a Internet.
Lo primero que me ha sorprendido es que no existía ninguna edición digital, así que adiós a mi sueño de utilizar el iPad o el ebook reader para ir digiriendo los textos al vuelo, como hago siempre: en el metro, en el AVE, en el taxi, durante los entrenamientos de Carlos, en un tiempo muerto con un café o, incluso, caminando por la calle. Sencillamente, no.
A menos que me los baje pirateados (cosa complicada también, aunque no he puesto mucho empeño) o que me trabaje yo el escaneado página a página. Y no estoy dispuesto a semejante esfuerzo. Sencillamente me da pereza.
La conclusión es que he comprado tres libros por Internet y la experiencia me ha golpeado en la cara como el pescadero de Asterix al trobador: como con una trucha fría. Y no me lo esperaba tampoco. No me esperaba la deficiente situación del comercio electrónico de los libros en España; no a estas alturas.
En dos de las tres compras he pagado gastos de envío. Se podría pensar que es lo normal, pero realmente, si tenemos en cuenta el cambio de la cadena de valor y los ahorros inherentes al comercio electrónico sigue sorprendiéndome que se percutan los gastos de envío al comprador. Además me han parecido excesivos salvo en el caso de Casa el Libro que no cobra gastos a partir de determinado importe, lo que es algo razonable. Los importes y gastos asociados han sido los siguientes para cada caso:
- Casa del libro: 2 libros por importe de 64,95€, con los gastos de envío gratuitos.
- Marcial Pons: 1 libro por importe de 25€, con 5€ de portes (20%).
- Agapea: 1 libro por importe de 31€, con 3,50€ de gastos de envío (11,3%).
Es curioso, a partir de 19€ en Casa del Libro, el envío es gratis.. Quizá hay margen de mejora ahí en las otras tiendas.
El caso concreto de Marcial Pons
Sin embargo, el verdadero motivador de este post es Marcial Pons y su desastrosa gestión del pedido.
Adquirí en su tienda online un producto que aprece con la etiqueta disponible la noche del 7 al 8 de noviembre y en su web dicen claramente que si el libro está en stock, en 24/48 horas llega a destino. Pero a la fecha de publicación de este post el libro no ha llegado.
Imagino que algo tiene que ver el correo electrónico que recibí el día 8 de noviembre alrededor de las 6 de la tarde con una suerte de albarán que me recordaba que el tiempo de entrega de un libro que no está en stock es de 7 a 10 días si es español (afortunadamente mi caso). Terminaba el albarán con un lacónico y nada prometedor Trataremos de conseguirlo.
Y parece que, por fin, hoy día 15 de noviembre, lo han conseguido puesto que me ha llegado un nuevo mail con una suerte de albarán llamado Aviso de entrega. En él me informan de que ya ha salido de sus almacenes el libro y que en breve recibiré un número de tracking. Eso sí, no me dice cuándo está prevista la entrega.
Lo que sí que dice esa nota es que el libro, misteriosamente, ha pasado a valer 37,36€ y que el precio del envío ha subido a 12€. Claro, con toda lógica, si el libro es más caro, pesará más y tendrá mayor valor, por tanto el envío tiene que subir de precio... tanto como ¡hasta un 32% del valor del libro!.
La verdad es que no sé cómo terminará la cosa, porque teóricamente el libro ya está pagado con un cargo en la tarjeta y espero no encontrarme un nuevo cargo por la diferencia. Pero me va a tocar protestar, y eso ... también me da mucha pereza.
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